Twin Peaks: The Return, la Serie de Otro Lugar

Decir que Twin Peaks: The Return me ha parecido lo mejor de 2017 sonaría incompleto.

Twin Peaks no es una obra de 2017. No es un producto que se consume una vez y se olvida. No es una temporada que acaba para que empiece otra al año siguiente. Es una caja que se abre cada X años para revelarnos un mundo onírico, como la caja que abre el personaje de Naomi Watts en Mulholland Drive para desencadenar la metamorfosis de su mundo.

No es una historia de crímenes. No es una historia paranormal a lo Expediente X.

No es una serie de traficantes, asesinatos y humor negro, aunque sus 18 episodios —o 18 fragmentos en que se divide la obra total— contengan un poco de todo esto.

Sobre todo es una llave a la compleja, única y fantasmagórica mente de su creador. Un mundo habitado por sombras, contradicciones, paisajes demoledores, personajes rotos y desconfiados, amores negros, monstruos, leyendas urbanas, mitos oscuros, prestidigitadores, superhéroes —sí, tal cual—, un sentido del humor decididamente naíf y, más que nada, un doloroso rechazo a cualquier atisbo de nostalgia por los tiempos pasados.

The Return habla, irónicamente, del no retorno, de la imposibilidad de revivir el pasado, de afrontar la pérdida —hasta una decena de actores han fallecido entre el Twin Peaks original y hoy, incluido David Bowie a.k.a. Phillip Jeffries—, de que cualquier intento de cambiar el pasado solo puede acabar de una forma: mal. The Return tampoco es anárquico. Dentro de su aparente falta de estructura, hay una devoción por las reglas cinematográficas. Es comprensible en su supuesta falta de coherencia. Es disfrutable dentro de sus constantes desafíos a las expectativas del espectador.

Que no os digan lo contrario: Twin Peaks no es una «ida de olla» —lo fue en algún punto de su segunda temporada, pero esa es otra historia—. Es una de las obras más reflexionadas, planificadas y deudoras de las viejas artes cinematográficas que han visto la luz recientemente. Porque lo vanguardista no puede existir sin un conocimiento exhaustivo de las normas. No se pueden romper las reglas que no se conocen.

«No he visto una película en años», dijo recientemente Lynch. Y ese es otro de sus grandes atractivos como autor. Aunque exhaustivo conocedor del arte de la imagen en movimiento, su mente es plástica, sus manos están manchadas de pintura, su mirada es la del que contempla, paciente, un lienzo durante horas hasta que se le revela ese «algo» que no todos somos capaces de ver. Aunque parecidos en muchos aspectos —leer David Lynch Keeps His Head de Foster Wallace para profundizar más—, Lynch es lo contrario a Tarantino. Mientras que el primero bebe de la vida, el segundo se alimenta de ficciones. Lynch se acerca a algo lo justo para captar su esencia y alejarse enseguida. Tarantino es un investigador. Analiza, devora, recopila, anota, mezcla, empaqueta. Es el mejor haciéndolo, pero por eso en mi opinión sus obras parecen tan faltas de vida. De vivencias reales, de las que dejan huella.

Hace apenas unos días The New York Times publicó una entrevista en la que Miyamoto aseguraba que nunca contrataba a gamers como game designers, que prefería gente con otros intereses y habilidades para crear juegos para Nintendo. ¿No tiene sentido? Para mí tiene todo el del mundo.

Y acabo por donde empecé. Si hiciese una lista de lo mejor de 2017 no incluiría The Return. ¿Cómo podría? Un año no es nada para comprender toda su dimensión. Twin Peaks: The Return no es de 2017. Es de siempre y para siempre. Y ahora es de todos nosotros.